viernes, 1 de junio de 2012

El lado oculto de la relación Madre – Hija


El lado más oculto y amargo de la relación madre –hija deriva de la creencia de que todo lo que poseen las hijas es por el esfuerzo de sus madres. De este modo, a la madre no le queda más remedio que terminar envidiando a su hija. ¡Qué desdichada y cruel ironía, envidiar a aquellas oportunidades que tanto se han esforzado en proporcionar a sus hijas!. Hay pocas emociones más difíciles de asumir que la envidia que siente una madre por su querida hija; por supuesto que las madres quieren lo mejor para sus hijas y por ellas son capases de sacrificarse ¿Qué podemos hacer por tanto, con la irritación que despierta el escucharlas hablar de la “nueva mujer” y con el resentimiento a veces imposible de encubrir que las embarga cuando las vemos organizar su futuro, cuántos hijos tendrán, cuantas veces darán la vuelta al mundo, 
como llegaran a ser pintoras, o irán de compras a las rebajas de la tienda de la esquina?¿Conviene entonces reprimir una amarga sonrisa, esbozar una mirada con descendiente o simplemente asentir  con la cabeza?.
En general, la mujer de hoy son mujeres que suelen haber elegido su propia vida, recibieron una educación esmerada e iniciaron incluso una carrera universitaria a la que terminaron renunciando a regañadientes como parte del precio que exige la maternidad. Son mujeres, que sienten envidia y resentimiento hacia sus propias hijas y que también se da cuando se intenta combinar la maternidad con la vida profesional, el problema radica en las múltiples decisiones que generan gran cantidad de incertidumbre, angustia y rabia, que deben tomar cotidianamente. ¿Permitiremos que el niño vea televisión un rato mas para poder seguir dibujando o pintando?¿Prepararemos espinacas congeladas (que no necesitan ser lavadas ) para poder disponer de diez minutos extras para la contemplación o la meditación?¿ Dejaremos a los niños una o dos horas más en la guardería  para poder asistir a ese cursillo que tanto nos interesa? A veces tomamos una decisión, a veces otra contraria. Por más esfuerzos que hicieran nuestras madres por disimularlo cuando éramos pequeños nos dábamos perfecta cuenta de sus enojos. La escuchábamos repetir una y otra vez que la aspiración más noble de una mujer es la de sacrificarse por su familia, para oír acto seguido que ella no estaba haciendo ningún sacrificio. La vimos malgastar días enteros en preparar alguna comida que aprendió de su abuela y como buscaba nuestros rostros para justificar sus esfuerzos. Vimos como nuestra madre iba y venia inquietante una y otra vez entre la sección de la comida congelada y las verduras frescas del supermercado y como la recordamos tomando con expresión desencajada la espinaca congelada mientras nos explicaba que no ocurría nada malo si por una vez cenábamos comida congelada . Los niños también disciernen y se dan cuenta de que su madre no siente sin más sus obligaciones, sienten la amargura y la resignación con la que asumen su maternidad y como cuenta la envidia que las embarga cuando la hija toma sus propias decisiones y sus intentos larvados de boicotear su desarrollo y advierte claramente la amarga decepción que la atormenta por su propia ambigüedad. Es inevitable que las hijas que hayan crecido en tal atmósfera de ambigüedad tengan dificultades para su propia vida y deban terminar enfrentándose a la terrible contradicción interna de creer que su madre fue feliz a pesar de sus sacrificios. La hija intenta entonces, ocultar desesperadamente su propia angustia  y falta de afecto tratando de convencerse de que no tiene el menor motivo para sentirlos. Y aunque lo niegue, hasta que los problemas que enturbian la relación con su madre no surjan a la luz del día (rabia por haber traicionado su potencial evolutivo femenino) les será imposible separarse de ella y asumir su propia vida. La hija se encuentra atrapada en una situación de la que no podrá escapar hasta que no desenrede el complejo vínculo que mantiene inmovilizadas su energía y ambiciones. Superar a la madre no solo es hacer lo que ella no hizo, sino constatar que no lo hizo por una decisión personal. Si la necesidad económica o la creencia en el destino inevitable de la mujer moldeo la vida de su madre hubiera querido encontrar en la maternidad un sostén para superar su descontento e infortunio. Pero si la madre decidió sacrificarse, en aras del bienestar de su hija pero igual se siente insegura por su decisión y suspira por otra vida, si después de tener hijos empezó a dudar de que no existieran otras formas posibles de satisfacción y plenitud personal, si la envidia, el resentimiento y la añoranza emponzoñan su vida, es muy posible que la hija se vea afectada por esa necesidad de superar a su madre que es la causa fundamental de acuerdo a ciertas investigaciones de todos los desordenes alimenticios. Cuando la madre no puede seguir eclipsando su personalidad y vivir vicariamente a través de su hija, esta última se verá compelida a tratar de superar a su madre y decidirá entre dos alternativas igualmente inaceptables, ya que si se abre a la vida, puede despertar envidia y resentimiento de la madre y si no, lo hace le recordará sus propios errores y carencias. ¿A quién le pasa esto?¿A la madre herida que una vez fue hija? ¿ O la hija enojada que quizás un día sea madre y termine convirtiéndose en el blanco de los reproches de su propia hija? Debemos superar nuestra tendencia de culpar a los demás y tomar consciencia de la angustia, la frustración y abandono que en ocasiones nos embarga a las hijas de mujeres en crisis. Cuando hayamos tomado conciencia de la rabia que sentimos hacia nuestra madre deberemos aprender a ubicar este problema en su contexto social, sacando a la figura de la madre del entorno domestico concreto y ubicándola en el momento histórico en que dio luz a su hija. La mayor parte de las mujeres mantiene oculta su crisis en el seno de su hogar y siguen intentando inútilmente sacrificarse a sí mismas en aras del matrimonio y la maternidad. Sin embargo, tan pronto como salen del entorno familiar e intentan aprovechar las oportunidades que le ofrece nuestra época, la crisis termina por salir a la superficie, una mujer de cualquier edad se convierte en una madre moderna, si oculta su crisis cuando ya no puede seguir haciéndolo. Pero en el mismo momento en que pretende desarrollar su propia vida, esa mujer se convierte en una hija con un problema alimenticio y debe detenerse para reflexionar sobre la vida de su madre. Los desordenes alimenticios, solo pueden resolverse en un contexto cultural amplio que nos permita desahogar la rabia por la forma en que hemos sido educadas y que incluya también el derecho de nuestras madres, y también de nuestras hijas a expresar su propia impotencia, entonces el odio no se dirigirá hacia la madre sino hacia un sistema social injusto que reprime de continuo a la mujer. Y solo de ese modo, podremos ser capases de liberarnos del estancamiento autodestructivo obsesivo y llegar a tomar consciencia de que los desordenes alimenticios constituyen un acto profundamente político. Generaciones enteras de mujeres, han sido llevadas al sentimiento de culpa, mujeres que no han podido ser autenticas madres porque sus legítimos sueños y ambiciones jamás fueron reconocidos, de madres que se sienten fracasadas y que no pueden perdonarse por ello, de hijas que se culpan a sí mismas por necesitar más de lo que sus madres fueron capases de proporcionarles y que advirtieron en su total magnitud la crisis de su madre y que no pueden sentir rabia por ella porque saben cuánto las necesitan.

¿Cómo pueden entonces las hijas expresar su propia culpabilidad? ¿Como reconocer la culpabilidad expresada en forma disfrazada bajo la apariencia de un síntoma? Hoy en día sabemos, que nuestras hijas agreden a su propio cuerpo, hemos observado en la forma en que se torturan con estrictos regímenes alimenticios convirtiendo su cuerpo en un enemigo pero este ataque contra el cuerpo femenino es en realidad una amarga hostilidad contra la madre , porque los rasgos de cualquier desorden alimenticio expresan culpabilidad y angustia que no podemos manifestar ¿No será esto que las lleva a agredir el cuerpo femenino que comparte con su madre? Y que en un extraordinario acto de sustitución simbólica, dirige la rabia que siente contra su madre hacia su propio cuerpo tan similar a aquel otro que la alimentó, y a través del cual aprendió a conocer a su madre en los primeros años de existencia.

El problema en realidad es la culpa y la angustia que terminan deteniendo el desarrollo de la hija, de este modo la mujer moderna, quiere seguir desarrollándose y para eso deberá resolver la paradoja de querer controlar la rabia, ansiedad y pérdida que implica distanciarse de su madre, destruyendo su propio cuerpo.